Actualmente, son muchos los que
relacionan el estar en una situación de exclusión social con la falta de
recursos económicos, y aunque
este sea uno de los motivos más comunes en la exclusión social, no siempre es
el elemento determinante que ha generado o genera la desvinculación social.
Cuando comenzó a utilizarse en
los años 70, en Francia, el término “exclusión social”, estaba asociado, sobre
todo, al concepto de desempleo y a la inestabilidad de los vínculos sociales,
pero las sociedades contemporáneas están sometidas a continuos cambios, y como
consecuencia de esto, se han ido haciendo más complejas, menos ordenadas y
estructuradas socialmente.
Por eso, actualmente, la
exclusión social no se puede explicar con arreglo a una única causa o factor,
sino que se define por una acumulación de factores o déficits que se
interrelacionan y retroalimentan entre sí.
El concepto actual de “exclusión
social” hace referencia a los siguientes ámbitos:
-
Ámbito
económico
-
Ámbito
laboral
-
Ámbito
formativo
-
Ámbito
sociosanitario
-
Ámbito
residencial
-
Ámbito
relacional
-
Ámbito
de la ciudadanía y la participación.
Teniendo
esto en cuenta, se puede definir la exclusión social como una situación
concreta fruto de un proceso dinámico de acumulación, superposición y/o
combinación de diversos factores de desventaja o vulnerabilidad social que
pueden afectar a personas o grupos, generando una situación de imposibilidad o
dificultad intensa de acceder a los mecanismos de desarrollo personal, de
inserción sociocomunitaria y a los sistemas preestablecidos de protección
social.
Es
decir, hay personas que viven en unas condiciones de vida materiales y
psíquicas que les impiden sentirse y desarrollarse plenamente como seres
humanos. La exclusión hace difícil sentirse ciudadano en su proyección concreta
en cada contexto social, sentirse formando parte de la sociedad de referencia.
En la sociedad actual, de alguna
forma, para determinados segmentos de la clase trabajadora, es más fácil, ahora
que antes, escalar en la pirámide de posiciones sociales, o cambiar en pocos
años situaciones de carencia o falta de recursos económicos que se habían
prolongado por generaciones.
Pero también es cierto lo
contrario, es decir, personas o grupos sociales que tradicionalmente habían
gozado de buenas condiciones de vida, o que por estudios y puesto de trabajo se
sentían muy seguros en su posición, vean ahora las sensaciones de
incertidumbre, de vulnerabilidad, o entren en situaciones de exclusión y falta
de recursos para sobrevivir dignamente. A su vez, esas nuevas incertidumbres y
dinámicas de exclusión se abren todavía más en relación al alargamiento de los
ciclos vitales, y las situaciones de dependencia que se generan en edades
avanzadas. Asimismo, también surgen de los grandes movimientos migratorios que
afectan a muchísimos países y que generan situaciones de precariedad en las
condiciones de ciudadanía más allá de las concretas condiciones de formación o
incluso de recursos económicos de que se disponga.
Como he mencionado
anteriormente, no toda exclusión social deriva de la falta de recursos
económicos, aunque siga siendo cierto que toda persona que sufra una situación
de pobreza presenta muchas más posibilidades de caer en una espiral de
desconexiones y déficits de ciudadanía que una persona cuya situación económica
sea desahogada. En este sentido, el término exclusión social resulta útil para
expresar un conjunto pluriforme de situaciones de carencia económica,
relacional, habitacional, administrativa, etc. que son cada vez más habituales
en nuestras sociedades, y que nos hablan de recuperar un sentido integral de la
humanidad, de la condición de persona, de ciudadano. Así pues, con el concepto
de exclusión social se quiere abarcar y recoger aspectos de desigualdad propios
de la esfera económica, pero también de muchas otras que pueden ser tan o más
importantes que ésta en la determinación de los procesos de exclusión.
Por tanto, la situación de
inclusión o exclusión social viene determinada por factores de naturaleza no
exclusivamente económica. Por ello, aunque aumente la riqueza de un territorio,
la situación de exclusión puede no evolucionar en el mismo sentido si no va
acompañada de avances en otros ámbitos.
De hecho, el aumento de la
riqueza va frecuentemente acompañado de un incremento de las desigualdades
sociales, como ha sucedido en Europa, ya que las acciones puestas en marcha o
emprendidas en los últimos años en Europa en general, y en España en
particular, no han sido del todos satisfactorias para lograr detener el
incremento de las fracturas de la ciudadanía, ya sea por la relativa escasez de
medios empleada, o por la falta de integridad de esas políticas para abordar
los fenómenos a los que se enfrentaban. En parte, creo que esto ha sido así
debido a la dificultad de las políticas de bienestar más tradicionales o
clásicas para tratar de dar respuesta a fenómenos de nuevo corte. Un ejemplo de
esto son las pensiones no contributivas vinculadas, o el seguro obligatorio de
vejez, que la mayoría de las veces no alcanza ni siquiera los límites considerados
en la definición del umbral de pobreza.
Cabe destacar un factor que ha
hecho que aumente la exclusión social en España. Me refiero a la crisis, pues
los que la padecen son privados de la vida social. En primer lugar, de la
participación de la vida económica. Salir del mercado laboral, ser privado de
un puesto de trabajo que asegure un nivel digno de ingresos, lo que trae
aparejado la disminución del consumo incluso de bienes y servicios que son
fundamentales para la vida diaria.
El candidato a la marginación,
es a menudo un desahuciado no sólo de una vivienda digna, sino también del uso
de los sistemas de protección social como son los propios Servicios Sociales, o
el acceso al sistema sanitario o educativo en condiciones de igualdad.
Aparecen muchos conflictos
familiares motivados por la desesperación y la falta de perspectivas, el
aislamiento social y múltiples problemas sociales de acuerdo con la edad, la
clase social y la riqueza o pobreza de la red de apoyo social que puede tener
cada cual.
La administración pública ofrece
políticas para paliar estas situaciones (antes he mencionado algunas ellas),
pero creo que la cobertura social que se ofrece desde esta administración no es
suficiente, en muchos casos, para evitar las situaciones de pobreza económica.
Como consecuencia de las
políticas de austeridad, todos los sistemas de protección social están siendo
recortados, agredidos, disminuidos, descapitalizados, cuando no simplemente
entregados a los mecanismos del mercado mediante la privatización. Y la consecuencia
directa de esto, es que la ciudadanía cada vez se ve más vulnerable y más
desprotegida por las distintas administraciones públicas.
Teniendo presente todo lo que he
dicho a lo largo de la reflexión, considero que cuando se debate políticamente
sobre el reparto de competencias, hay que reivindicar el municipalismo y
recordar que es el Ayuntamiento la institución más cercana al ciudadano, y por
tanto hay que garantizar el incremento del protagonismo de los municipios en
este ámbito, ya que en estos tiempos de crisis, es fundamental la existencia de
un potente sistema de Servicios Sociales que siga siendo accesible para todas
las personas que son, todas ellas, ciudadanos con derechos sociales.
Por tanto, creo que habría que
posibilitar que los Ayuntamientos dispongan de una vez de los recursos
necesarios para responder a las expectativas de los ciudadanos, especialmente
de todos aquellos que ahora sienten en carne propia el riesgo de la exclusión
social.
Además, no creo que sea momento
de más recortes y más austeridad. Son muchas las familias que ya están
sufriendo dicha austeridad en su vida cotidiana y de manera muy grave. Son
estas familias las que están soportando en gran medida, con sus mecanismos
internos de apoyo mutuo, el impacto de esta situación sobre sus miembros. Los
poderes públicos no puede eludir esta situación. Es el momento de que las
responsabilidades y competencias estén claras, de que la financiación sea la
adecuada y de posibilitar unos Servicios Sociales capaces de responder a las
nuevas necesidades sociales haciendo real el ejercicio de los Derechos de los
ciudadanos con los programas de actuación y las prestaciones que resulten más
adecuadas en el momento presente.
Todos los ciudadanos deberíamos
luchar por una sociedad articulada, solidaria, capaz de crear concordancias
entre lo público y lo privado lucrativo o no lucrativo. No se pueden
desperdiciar recursos disponibles cuando se trata de resolver problemas tan
concretos y perentorios como la insuficiencia alimentaria, el disfrute de una
vida digna, la adecuada atención en las situaciones de enfermedad o
discapacidad y por supuesto el acceso al empleo.
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